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- La cara B de Indie Cinema -

M.G

Sebastián Arabia I 02/01/2021 I NarrativaI 

Siempre había sido así. Caía bien a todo el mundo, pero no lo suficiente para que contaran con él en cenas, fiestas u otros eventos sociales. Rara vez alguien se acordaba de él. Ni siquiera de su nombre. No tenía amigos. Tan solo conocidos. De hecho, en una ocasión, hace ya muchos años, alguien le había dicho que no era un tipo muy memorable. En definitiva, un hombre agradable pero muy fácil de olvidar. Era un buen trabajador y sus jefes le tenían en estima, pero llevaba 20 años en el mismo puesto, ya que no tenía ninguna posibilidad y mucho menos la ambición de ascender.

Su mujer, que le había abandonado por el dueño de un asador de pollos, siempre le recriminó su falta de pasión y nervio. –“Eres como una tortuga”, le dijo antes de irse. – “¡¿Porque no lloras o me gritas?! ¡Te estoy dejando por otro! ¡¿Por qué no destrozas la casa?! ¡¿Por qué no me coges aquí y ahora y me follas para intentar evitar que me vaya?!” Él, tan solo pudo responder con el silencio. Siempre había entendido la vida como una rutina tranquila y ordenada. Sin sobresaltos, ni sorpresas. Le gustaba que las cosas fueran simples.

Adoraba las miniaturas. Daba igual de lo que fueran, animales, barcos o coches. Invertía horas en pintarlas, barnizarlas y ordenarlas en las diferentes estanterías de la casa. Le gustaba tanto, que a menudo soñaba con abrir una tienda de miniaturas. – “Pero es que yo no sirvo para eso”, decía cada vez que surgía el tema, con una leve sonrisa ladeada por la frustración.

Los años pasaron y se jubiló. No hubo fiesta de despedida en la empresa. A todo el mundo se le había olvidado. Los conocidos en su vida fueron y vinieron hasta que, finalmente, la soledad se quedó como su única compañera. Podía pasar días enteros sin hablar con nadie, sin articular una sola palabra, mientras que el silencio que tanto había adorado durante toda su vida, ahora, se había convertido en un zumbido denso e insoportable que, día tras día, perturbaba sus pensamientos. Comenzó a hablar solo, intentando así acallar ese áspero zumbido. Pero apenas lo conseguía. Aprovechaba cualquier coyuntura para hablar con quien fuera. En el ascensor o en la panadería, hablaba con el primero que le prestara un mínimo de atención. Eran conversaciones que apenas duraban unos minutos. Entre otras cosas, porque solo hablaba él. No importaba el tema de conversación. Él hablaba y hablaba sin parar. Vomitaba las palabras compulsiva y desesperadamente, sin dar oportunidad al otro para responder. Se le había olvidado cómo hablar con los demás. Ya solo podía hablar consigo mismo. 

Poco a poco, esa desesperación se convirtió en amargura y rabia. Pensaba en cómo había sido su vida. Siempre había sido amable con todo el mundo. Siempre había cumplido las normas y siempre había sido alguien discreto y respetuoso.  ¿Por qué, entonces, me he quedado tan solo?, se preguntaba una y otra vez. ¿Por qué era merecedor de semejante crueldad? Pensaba en su mujer, con la que siempre había soñado formar una gran familia. Pensaba en sus jefes y compañeros de trabajo. Pensaba en toda aquella lista interminable de conocidos desconocidos, que se habían cruzado con él en algún momento de su vida. A todos ellos les reprochaba su desgracia. Les gritaba enfurecido mientras caminaba caótico entre las paredes de aquel triste apartamento.  

 

Pero una noche cualquiera y sin razón aparente, todo cambio. Tuvo un sueño sobre algo que le había pasado hacía ya muchos años. Una situación anecdótica en la que nunca había pensado hasta entonces. Se trataba de esas palabras que alguien le había dicho en una ocasión: “No eres un tipo memorable”. Ni siquiera recordaba quién o por qué se las había dicho. Era una expresión extraña. Según el diccionario, memorable era alguien que merecía ser recordado o conservado en la memoria. Aunque no especificaba cuáles eran los requisitos exigidos para ser merecedor de tal cosa. Hasta ese momento, nunca había pensado en algo así. Siempre le había gustado pasar desapercibido. No llamar la atención. Quizá, porque siempre había arrastrado esa especie de miedo a molestar o ser inconveniente.

Le ardía el estomago cada vez que pensaba en esa palabra: memorable. A veces, se preguntaba si realmente seguía vivo o no era más que el difuso reflejo de alguien que murió hacía ya muchos años. Si hoy desapareciera, pensaba, nadie advertiría de mi ausencia. Nadie recordaría mi nombre. ¿Es así como se sienten los muertos?

Durante meses, comenzó a leer biografías de grandes mujeres y hombres. Artículos sobre ciudadanos anónimos que por alguna heroicidad o circunstancia eran recordados. Buscaba desesperadamente alguna respuesta que le devolviera a la vida. Leía y leía para intentar comprender. Hasta que, finalmente, lo comprendió.

Eran las 12.30 de la mañana. La gran avenida estaba atestada de gente y atascos. Decidido, atravesó la calle y entró en el centro comercial. Estaba muy nervioso y no dejaba de mirar hacia todos lados intentando, al mismo tiempo, evitar la mirada de los guardias de seguridad. Subió hasta la segunda planta, en donde más gente había. Al llegar, se colocó en medio del enorme lugar. De hecho, en visitas anteriores, había dejado hecha una marca en el suelo. Tras unos segundos, se quitó el abrigo. Su torso estaba rodeado por una especie de gran cinturón con lo que parecían ser explosivos.

En su mano, un rústico mando con un solo botón. Al principio, nadie se percató de nada. La gente iba y venía ocupada con sus compras y discusiones. Era una circunstancia un tanto absurda. Incluso, había gente que chocaba con él y le pedía las debidas disculpas. –“¿¡Por qué no me miráis?!”, gritó enfurecido. Un grito que dio paso a un silencio absoluto. Tan solo se escuchaba el plastificado hilo musical. Tras los primeros segundos de sorpresa, todo el mundo entró en pánico. Algunos intentaban huir y otros se tiraban al suelo cubriéndose la cabeza.

-“¿Qué es lo que quieres?”, le preguntó uno de los diez guardias que le rodeaban. Las instrucciones eran sencillas. Tan solo quería el micrófono de la megafonía del centro comercial. Tan solo eso. Hubo ciertos problemas, porque el cable no era tan largo y tuvieron que hacer un apaño empalmando varios tramos más con cinta de celo, hasta conseguirlo. Por fin tenía el micro. Sopló varias veces para comprobar que funcionaba correctamente. El otro problema, era que no conseguían apagar el hilo musical. En ese momento sonaba la canción de moda “Con tu amor”, cuyo exaltado estribillo era “Con tu amor, con tu amor, mi corazón explota de emoción. Oh, oh, oh. Acha cha, cha.” 

 

 -“¿Y ahora?” le pregunto el guardia. –“Ahora tan solo quiero que me escuchéis. Quiero que todo el mundo me escuche”, dijo entre lágrimas mientras el eco de su voz resonaba por todos los rincones del lugar. –“Todos recordaréis este día. Todos vosotros hablaréis de este día y de lo que aquí pasó”. Rompió a llorar. Estaba a punto de derrumbarse. Pensó en no hacerlo y volver a casa. A esa casa donde tan solo le esperaban la soledad y, después, la muerte. Tuvo que apoyar las manos sobre sus rodillas durante un momento para intentar recomponerse. –“Todos recordareis mi nombre”, masculló entre dientes. Se incorporó rápidamente y gritó: -“¡Mi nombre es…!”

Una repentina explosión arrojó a los guardias a varios metros contra el suelo. Se escuchaban los gritos lejanos de la confusión y las alarmas contraincendios entremezcladas con la canción “Con tu amor”, que ya estaba llegando a su clímax.

Salvo asimismo, no quería matar a nadie más. Había preparado un explosivo de corto alcance. Los guardias se levantaron en estado de shock y se acercaron al cadáver o, por lo menos, a lo que quedaba de él. Miraban incrédulos cómo techos, paredes y la sección de pantalones de verano, estaban cubiertos por decenas de indistinguibles trozos del cuerpo estallado.

La versión oficial de la policía, según el relato de los propios guardias, fue que en un momento dado había confundido el micrófono con el detonador al llevárselo a la boca para hablar. Un leve golpe contra el labio inferior provocó la explosión. El motivo, según el mismo informe, habría sido el suicidio. Aunque sobre esto último hubo mucha confusión y polémica. Como es habitual en estos casos, y por respeto a la familia y amigos, al dar la noticia, los medios de comunicación tan solo citaron sus iniciales: M.G.

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inscrita en el TOMO 27.812 · FOLIO 1 · SECCIÓN 8 · HOJA M501202 del Registro Mercantil de Madrid.