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Mis problemas con Aaron Sorkin

Sebastián Arabia I 11/02/2021 I Análisis I 

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Hay quien critica a Aaron Sorkin, sobre todo en sus series televisivas, como alguien exageradamente naif. Algo que a muchos parece molestarles. A esto, nada que añadir. Para gustos colores, dicen. Salvo por el hecho de que califican esto mismo como un error en su narrativa. Y aquí es donde disiento. En el mundo de Aaron Sorkin todos los personajes son tremendamente buenos, simpáticos, capaces, trabajadores, inteligentes y con un comentario sagaz allí donde haga falta. En el mundo Sorkin hasta el bedel tiene un summa cum laude por la Universidad de Yale y es capaz de mantener un serio debate sobre el déficit presupuestario. Además, los diálogos de Sorkin son rápidos y musicales, con un discurso en boca de unos y otros que cada quince minutos sobrevuelan por los pasillos del edificio más importante del mundo. Este es el mundo Aaron Sokin. Te podrá gustar o no, pero hay error posible, es coherente con lo que plantea. Punto. Hacen falta pocos minutos para identificarle, aún sin saber qué estás viendo. Eso, por cierto, es lo que caracteriza a un autor. Sorkin te dice: este es mi mundo y funciona así.

 

En “El Ala Oeste de la Casa Blanca” vemos a un buen presidente liberal e ideal, que llega desde Nueva Inglaterra con un premio nobel bajo el brazo. Ahí queda eso. Es el presidente que todo el mundo querría ver sentado en aquel sillón intentando restaurar el sueño americano, en donde todos tengan derecho a la educación, la sanidad y una vida libre de armas. “El pueblo es lo primero”, se repite una y otra vez. Todo esto, por supuesto, afrontando el día a día de lo más crudo de gobernar. La oposición, las encuestas, conflictos militares y diplomáticos y todo lo que uno se pueda imaginar. Claro está, sus colaboradores más cercanos están a su servicio de una forma casi religiosa. “Estoy al servicio del presidente de los Estados Unidos”, decían todos y cada uno de ellos en una escena con una música conmovedora de fondo. Aunque sí habrá que reconocerle a Sorkin, cierto grado de sinceridad en ese mundo de nubes esponjosas. Admite en varias ocasiones cómo EE.UU. ha puesto gobiernos títere a lo largo y ancho del globo o el absurdo de la guerra contra las drogas en Colombia. Aunque todo esto sea muy de pasada.

 

En “The newsroom”, Sorkin respite receta. En esta ocasión cambia el despacho oval por la redacción de una cadena de noticias. Un presentador de gran fama y apatía intentará volver a dar sentido a su profesión dando noticias veraces y necesarias. “El votante debe estar bien informado” se repite en varias ocasiones. Y casi como un leitmotiv su productora y examante repite una y otra vez eso de que son el Quijote y Sancho. Quizá un preludio de que la serie no tenía pinta de ir por buen camino. Al igual que “En el ala oeste de la casa blanca”, todos son tremendamente inteligentes, sagaces, simpáticos y comprometidos con la causa. Y seguramente también ande por ahí el bedel con su summa cum laude por la Universidad de Yale. Pero en esta ocasión, Sorkin da un paso más allá porque escoge noticias reales del pasado reciente y las trata, según él, como deberían haber sido contadas por los medios de comunicación. Es decir, hasta cierto punto, les está diciendo a los informativos lo mal que lo hicieron.

Es valiente hacer algo así en la era de las noticias interesadas, la crisis de los medios y eso de la posverdad en la que muchos medios han instalado sus cimientos para no moverse de ahí.

En ambas series, estamos presenciando la valentía de unos pocos por hacer de este un mundo mejor o, por lo menos, un país mejor. De sus bocas no dejan de salir apelaciones al pueblo. Su confianza en ellos, que son para quienes trabajan día y noche y en quienes confían en que sabrán distinguir la verdad entre la fauna diaria a la que se tienen que enfrentar como ciudadanos.

Y aquí sí nos podemos encontrar con un problema. En la propia lógica narrativa de Sorkin, en su espíritu y en su forma de ver y plasmar el mundo, el pueblo al que tanto apelan sus personajes jamás aparece. Es una enorme contradicción, porque al final de estas dos series, el cambio y el buen camino son determinados por unos pocos elitistas. Como siempre. El resto da igual y tan solo sirven para votar. El pueblo se convierte en algo abstracto cuyas opiniones son habitualmente irrelevantes.

El segundo error de Sorkin, que bien podría ir con el primero, es cuando coge esos idílicos mundos de grandes eruditos y los confronta con la realidad. Porque la única manera de que esos mundos no implosionen es simplificando al máximo la realidad a la que se enfrentan para lograr que encajen. Retorciéndola y simplificándola tanto, que deja de ser real. El problema de los medios de comunicación, por ejemplo, es muy preocupante, pero no es nada sencillo y su solución muy compleja. Pero para Sorkin se resuelve con la mera voluntad de unos pocos. Y ya está. Solucionado. Siempre son aquellos elitistas que gobernaban el mundo desde el despacho oval, o los que solucionaban todos los problemas sobre la verdad desde la redacción de unos informativos.

Mis problemas con Sorkin no son por crear esos mundos idílicos, donde la inteligencia no es un problema, sino una virtud. ¡Claro que sí! Ni el hecho de que un presidente vaya de aquí para allá recitando en latín o griego. No tengo ningún problema con nada de eso. Porque ese es su mundo. Al igual que Lynch plantea el suyo; a algunos les gustará y a otros no. Pero eso no es un error. Mi problema con Sorkin es que quiere hacer valer su mundo de color de rosa en confrontación directa con la fría, dura y compleja realidad. Al final del camino, Sorkin propone lo mismo de siempre. Y, como decíamos antes, para conseguirlo, también pinta la realidad con el mismo color de rosa que le interesa y eso es hacer trampa.

Y, por favor, que dejen de comparar a Sorkin con Mamet. Quien haya leído obras maestras como American Buffalo o Glengarry Glen Ross, se dará cuenta en seguida que Mamet nada tienen que ver con Sorkin y, si no es así, por favor, relean los textos de un genio, En este caso, Sorkin tan solo es el suplente.

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