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"Moneyball", el éxito de los patitos feos

Sebastián Arabia I 18/02/2021 I Análisis

* Este artículo contiene spoilers

En nuestra sociedad, dominada por el hombre y el individualismo, continúan existiendo muchos conceptos atribuibles a lo que podríamos llamar una persona de éxito. Alguien con una serie de valores que admiramos y a los que todos aspiramos ya que nos convertiría también en uno de los mejores. ¿Y quien no quiere ser el mejor? El mejor de todos.

Algo parecido se plasma en “Moneyball”, de Bennett Miller, película basada en hechos reales que cuenta la historia de Billy Beane (Brad Pitt), el mánager los Oakland Athletics, un humilde equipo de béisbol que no hace otra cosa más que conocer el fracaso. Una derrota tras otra en un tablero en donde es totalmente imposible ganar la guerra. “Es un juego injusto”, dice Beane en un momento dado. Y lo es. Es un juego en el que los equipos pequeños se sientan en el banquillo para ver como las grandes formaciones plagadas de estrellas millonarias los arrasan una y otra vez.  Mientras que, además, en una sangría constante sus mejores jugadores fichan por mejores equipos. Al parecer, el dinero lo es todo. El dinero compra victorias. El dinero lo compra todo. Pero esto cambia cuando entra en juego Peter Brand (Jonah Hill), un joven matemático que hacer ver a Beane que la victoria no pasa por comprar grandes jugadores por cifras que ni siquiera las valen. Según Brand, hasta ese momento y con cien años de historia, los dueños de los equipos de las grandes ligas y sus ojeadores habían estado pensando de forma medieval. Hasta llegaban a valorar el atractivo de las parejas de los jugadores para determinar su nivel de confianza. El ego, la arrogancia y la imagen de vencedor, entre otras muchas cosas, eran valores muy apreciados. Es entonces cuando Beane y Brand cambian la forma de ver y hacer las cosas y se embarcan en la aventura de construir un equipo que, según las matemáticas y la estadística, podía convertir derrotas en victorias. Un grupo de patitos feos a los que nadie quería por diversas y estúpidas razones, que se resumirían en que no daban con el prototipo del ganador.

Un grupo de patitos feos que solos, quizá, no podían hacer gran cosa, pero que juntos se convirtieron en un equipo que logró un hito histórico en la historia de este deporte. Algo inaudito hasta la fecha: ganar veinte partidos consecutivos.  Aún así, y para regocijo de quienes criticaban a Beane y sus métodos, los Oakland Athletics no lograron ganar la liga. Cayeron ante los New York Yankees. Aunque consiguieron algo mucho más grande. Lograron cambiar las reglas para siempre. Nada volvería a ser igual para el béisbol, por mucho que algunos lo siguieran negando. Cuesta valorar quien fracasó y quien triunfó. “El primero en romper el muro siempre sale sangrando”, le dicen a Beane. “Porque tu forma de hacer las cosas amenaza sus trabajos y su forma de vida”

Quizás esta pequeña reflexión sirva para refrescar una película que pasó sin pena ni gloria por la taquilla y por la carrera de premios en su año de estreno y que, como muchos imaginarán, a mí, me encanta. O, quizá, también nos pueda servir para revalorizar que es el éxito y el fracaso. El éxito como aquel que desprecia y pulveriza a los demás para llegar a lo más alto y el fracaso como esa especie de pozo negro en el que caen los “perdedores” para nunca más ser recordados. Quizás llevamos demasiado tiempo pensando de forma arcaica. Quizás estemos valorando de forma muy errónea a las personas y sus capacidades.

La hija de Beane le graba una canción en donde dice: “sigue fracasando así, papa”

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