La cara  de Indie Cinema

Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar, el 16 de marzo del 2003 en la base aérea de Lajes, en Terceira (islas Azores) // © 2003 · Routers

"Azores"

18 de marzo de 2019

Abrimos esta nueva sección, que llamamos “Mil Palabras”, para hablar de imágenes. Imágenes concretas que se han vuelto miles y pueblan nuestra cultura. Imágenes de todo tipo, cualquiera sea su naturaleza o procedencia, fotografía, cine, un cartel publicitario, incluso un entorno natural o un espacio urbano, con tal de que interpelen nuestra mirada y nos susciten una lectura. Queremos detenernos en ellas y contar lo que nos dicen.

 

Recurrimos, pues, a las viejas y conocidas palabras, las mil palabras del proverbio, para recuperar, paradójicamente, aquella experiencia intensa con la imagen, que es a la vez una experiencia intensa con nuestra propia percepción, nuestra propia mirada y, en definitiva, nuestra propia construcción como sujetos.

Hace algunos años, los periódicos de este país y del mundo publicaban en sus primeras planas una noticia que, todo hacía suponer, daba cuenta del comienzo de un nuevo orden mundial.

En una serie de fotografías, que pasaron a la historia, se reflejaba la sensacionalista puesta en escena de cuatro líderes mundiales que lanzaban desde las Islas Azores -sin el respaldo de la ONU- un ultimátum al régimen iraquí de Saddam Hussein para que se desarme y otro al propio Consejo de Seguridad de la ONU para que respalde dicha resolución. Todos recordamos aquella historia y su trágico desenlace, la invasión de Iraq. En particular, en la retina de los españoles quedó por muchos años la imagen de su presidente, José María Aznar, ufano de estar en el escenario internacional más relevante del momento, en el señalado lugar a medio camino del eje entre Europa y Estados Unidos -es decir en el centro geográfico de occidente-, protagonizando el punto de giro de la historia “con mayúsculas” del nuevo milenio,  colándose en la foto, como se dice, junto a sendos representantes de dos de las más grandes potencias del planeta, George W. Bush y Tony Blair. El tiempo exagera y distorsiona; y la mirada retrospectiva desencanta. En lo que a mí respecta, no recuerdo ninguna de aquellas fotografías en la que Aznar no estuviera sonriendo, cuando no, matándose de risa. Independientemente del mayor o menor rigor de la memoria, creo que todos lo recordamos subjetivamente así, un hombre feliz, realizado por fin. Hubo una imagen en particular que se destacó y que plasmó de manera inequívoca, casi con la precisión de una ficción, la composición de las fuerzas que se habían puesto en juego en esa megalómana escena. Un fotógrafo captó un momento entrañable en que George pone la mano sobre el hombro de José María. Esta imagen muestra su rostro en una actitud menos eufórica, una “casi” sonrisa frenada por la emoción que embarga a aquel que ha luchado esforzadamente para llegar hasta allí y ahora reposa, habiendo conquistado finalmente su lugar en el mundo, junto al reconocimiento del padre o del hermano mayor. El aval de la mano y el descuidado mechón que cae sobre la frente, son para mí aquel rasgo que revela una significación imprevista, pero que dota de sentido profundo a todo lo demás -aquello que Roland Barthes llamó el punctum- lo que nos “punza”, lo que nos interpela más allá de las otras intenciones que toda representación se propone explícitamente. Y estos dos rasgos configuran esa sensación de “niño finalmente aceptado” que todavía conserva la inercia de cierta inseguridad propia del recién llegado; el salto del oscuro inspector de finanzas al primer escenario internacional. Es cierto que la propia imagen de George W. Bush no oficia demasiado bien la representación de la autoridad y del poder; sin embargo asumió el gesto en el momento preciso. Es cierto que esta sensación de ternura resulta ser un tanto macabra, habida cuenta de los sufrimientos y las muertes que se causaron a partir de la celebración de esta cumbre. Es cierto que probablemente Aznar se decía a sí mismo y a su entorno de poder, tener un proyecto serio para resituar a España en el concierto mundial y discutir la hegemonía interna del continente representada en el eje franco-alemán. En todo caso, siguiendo la lectura que propuse más arriba, estos personajes son, en esta fugaz pero histórica imagen, toda una declaración de principios de una trágica banalidad.

Sin embargo, hay un elemento aún más interesante, en cuanto al poder de expresión de un medio como la fotografía periodística, que se mantiene justamente en el margen. Me refiero a la posición -en la escena y en el encuadre- del tercer hombre, Tony Blair. Con cara de póker, con la circunspección y la actitud corporal de quien está pendiente de otra cosa o está sin estar, con el pensamiento en otra parte, a lo suyo. Aparece convenientemente desplazado del núcleo geográfico -y emocional digamos- de la foto, aislado tal como las islas cuyo mandato representa. O pretendidamente “equilibrando” el bochorno de la derecha de la imagen, como la tercera vía que él  predicó políticamente con mayor o menor hipocresía. ¿En qué está pensando? ¿O es que está intentando despegarse -dentro de lo que cabe- ante la gravedad del asunto, de la obscena displicencia de sus dos compañeros y, a su vez, está manteniendo -muy británicamente- las formas pese a todo? ¿O es que simplemente Aznar se coló en la composición y rompió la simetría? Cuántas lecturas podemos hacer de un gesto trivial, tal vez azaroso e involuntario, de un cuerpo frente a la cámara. Pero sabemos que ni uno ni otro son del todo inocentes. Esta no deja de ser una fotografía protocolar y no es raro que se asuman actitudes protocolares, (disculpando a los otros dos). Su actitud “icónica” pareciera expresar –no importa para el caso si voluntariamente o no- la posición de toda una configuración geográfica e idiosincrática. Pensemos en el desprecio y la desconfianza con que la pérfida Albión ha mirado históricamente a sus vecinos y al continente, en la conducción por la izquierda, en el mantenimiento de la libra, la no participación del espacio Schengen y finalmente en el Brexit. La representación asume entonces una serie de correspondencias multiplicadoras de sentido. Finalmente, para cerrar este ejercicio de lectura, está el círculo ese que opera de “fondo” -no se distingue si es una bola gris, cartón pintado, un meteorito-. Parece un planeta muerto que viene a completar la alegoría: por un lado se asemeja al logo de una cumbre mundial y más figuradamente parece un comentario sobre el desastroso destino que proponen para este mundo después de la rapiña.  ¿Tenemos un testimonio involuntario más acabado que esta foto protocolar de las Azores, de lo que es la Realpolitik?

Aún asumiendo las enormes faltas de rigor al afirmar generalidades semejantes, las asociaciones forzadas y una, probablemente, sobre-interpretación intencional, justamente así funciona nuestro trato con las imágenes y así también operan quienes las producen. Hasta la propia realidad sometida a tantas interacciones, fuerzas e intereses, parece configurarse y expresarse de forma significativa. Es difícil escapar a este circuito, a este sistema de relaciones que une este tipo de percepción (visual) a nuestras emociones, nuestros intereses y nuestros pensamientos. En términos pragmáticos imágenes, percepción, mirada y significación terminan siendo un complejo ecosistema. Son concretas e inefables, conservan una parte de misterio o se arriesgan en muchos casos al cliché y quedan a merced de nuestra mirada para tener una vida nueva (o una muerte) en nuestra lectura.

Grandes pensadores de nuestra cultura llevan ya más de medio siglo sospechando de la naturaleza, mejor dicho, de la naturalidad de nuestras imágenes y de nuestra mirada. Comenzaron por desmontar la construcción de nuestra tradición (occidental) figurativa para revelarla como una convención intencional e interesada de una cultura en particular, que oculta su condición de lenguaje y su estrategia significativa. Ya en el mundo contemporáneo, llegaron finalmente a denunciar su condición de cliché, su necesidad de “redundancia” y su “inflación” para convertirse en un fenómeno viral cuya única función pareciera ser garantizar la mera demostración de nuestra existencia –la proliferación de las selfies, por ejemplo- allí donde la existencia ha perdido todo otro sentido.

La repetición, la velocidad de la circulación, la ubicuidad de las imágenes en el mundo actual hace que, por un lado, nuestra civilización  parezca estar compuesta casi exclusivamente de ellas. Sin embargo esta conquista, esta hegemonía, se paga con el precio de la devaluación del valor de cada imagen en particular.  Profundizar y detenerse en una imagen conspira contra la fluidez de su circulación. Vemos, cada vez con mayor frecuencia, imágenes sobre distintas pantallas como si fueran paisajes a través de la ventana de un tren, que incluso funcionan sin referencia, sin contexto, sin sonido ya que se han convertido ellas mismas en “el contexto” por excelencia de nuestras vidas; su función pareciera reducirse solo a garantizarnos que afuera hay alguien, que afuera pasa algo, no importa quién o qué. La mentada profecía que decía que las palabras ya no significan, se ha extendido al universo de las imágenes. Cuando se devalúa el valor de una imagen, con ella se devalúa nuestra mirada y con ella nuestra -frágil al fin y al cabo- constitución como sujetos. Este es el peligro que conlleva para quienes aún intentamos encontrar en ellas una fuente de conocimiento,  una fuente –incluso sí- de inspiración.

 

Dejamos inaugurado, entonces, este espacio -las mil palabras del proverbio- para desmentir la supuesta  inmediatez de las imágenes, para volver a recorrer la distancia y el camino de su interpretación que nos lleve a comprender lo que una imagen encierra o enmascara, e intentar así devolverle algo de aquel especial brillo, algo de su valor como experiencia. Aún en el caso de que esta experiencia se llame rapiña o crímenes de lesa humanidad.

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