Hay miles de personas que viven encerradas en sus habitaciones

Sebastián Arabia I 17/06/2021 I Opinión I 

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“Hay miles de personas encerradas en sus habitaciones”, eso me dijo una vez un taxista en Madrid durante esta pandemia de la que, al parecer, nos estamos despidiendo. Era una imagen poderosa ver todas esas calles vacías y como se alzaban aquellos altos edificios agujereados por centenares de ventanas. Detrás de cada una de ellas había una persona. Miles de personas encerradas, esperando el día en el que el temor y la tristeza llegarían a su fin.  

Pero antes de que viviéramos con restricciones y aislamientos, antes de que se declararan estados de alarma o corriéramos a la farmacia a por mascarillas, antes incluso de que ni siquiera hubiésemos oído hablar nunca del COVID 19, ya existían miles y miles de personas encerradas en sus habitaciones. Miles y miles de personas atrapadas en sus camas y sumidas en la más profunda oscuridad y soledad. Hay miles de personas encerradas en sus habitaciones que no saldrán cuando los demás celebren esa “libertad” tan manoseada. Ellas seguirán ahí. Día tras día. En muchos casos solas. Muy solas. Con miedo a todo y a todos e intentando resistir un día más, porque la otra opción es la muerte. Aquí la libertad no existe. 

Esas personas tienen algo en común. Y es que están enfermas. Sufren alguna enfermedad mental. Y aunque ahora el COVID 19 haya subido exponencialmente la estadística por trastornos de ansiedad o depresión, en su mayoría de carácter leve, antes del virus el 18% de la población sufría algún tipo de enfermedad mental.

La depresión o depresiones mayores que son síntomas propios de trastornos específicos como el trastorno limite de la personalidad o el trastorno bipolar, tienen una alta tasa de suicidios que puede sobrepasar el 15%. De hecho, el suicidio es la primera causa no natural de muerte en nuestro país. No cabe aquí y ahora el esfuerzo de intentar explicar el infierno en la tierra que significa padecer una enfermedad como esta. Exponer algo así a una sociedad que aún cree que el suicidio es un acto de egoísmo, una anoréxica, una persona con mucho ego o que las patologías más graves se pueden solucionar buscando un hobby, otro trabajo, haciendo yoga, respirar hondo o, simplemente no pensar en ello, es un duro trabajo para otro momento. La ignorancia es un problema, pero la falta de pudor a la hora de exhibirla y pregonarla es ya harina de otro costal. Tan sólo imagínense acercándose a un enfermo de cáncer, al que le dicen que, si respira hondo y se busca un trabajo, el cáncer se le curará. Hay una frase que dice: “En España todo el mundo es presidente del gobierno y entrenador de futbol”, yo añadiría el de doctor en psiquiatría.

Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice con tanta ligereza porque se puede perjudicar gravemente a la persona que esta enferma. Al escuchar todas esas “recomendaciones” desarrollará un sentimiento de culpa al ser incapaz de hacer lo que se supone que, según la mayoría, debe hacer. Esto a su vez se convertirá en frustración y lo único que habremos conseguido es empeorar aún mas su enfermedad. Pero esto durará poco cuando llegue la etapa de la incomprensión. Esa incomprensión de amigos, parejas y compañeros, ante lo que le esta sucediendo a esa persona. Su entorno social y laboral se desmoronará rápidamente e incluso, su propia familia le dará de lado. No es poco habitual. Se llama el estigma social.

El estigma social viene a ser una etiqueta o símbolo no escrito que se coloca a los enfermos mentales. Este principio explica que las personas con una enfermedad mental son catalogadas socialmente como inútiles, peligrosas, tóxicas, poco de fiar, débiles y, en consecuencia, y como con cualquier otro colectivo minoritario, son discriminados. Es entonces cuando la persona enferma se aísla socialmente. Los sentimientos de rechazo, vergüenza, culpa y humillación pueden ser los habituales y los que, a su vez, provocarán que el enfermo no pida ayuda. Lo que agravará todavía más su situación y precipitará posibles recaídas o intentos de suicidio.

Pero lejos de quedar aquí la problemática, cuando la persona enferma va en busca de atención médica, pero no tienen dinero para pagarse una, no le queda otra que ir a la sanidad pública. Si bien a muchos se les llena la boca con eso de que tenemos el mejor sistema de salud del mundo, esta soflama no es aplicable a la atención en salud mental. Un sistema totalmente saturado y abrumado por la demanda que cuenta con unos medios paupérrimos y ridículos, que tan sólo se mantienen por la voluntad y el esfuerzo del personal médico.

Si la recomendación profesional para un tratamiento psicológico y/o psiquiátrico efectivo, es de una sesión de una hora por semana, en nuestro sistema de salud son unos 15 minutos cada 45 días. Es decir, para cumplir una sesión entera deberán pasar 180 días. Más o menos seis meses. Por lo que, para cumplir esa misma recomendación de cuatro sesiones semanales de una hora, harían falta prácticamente dos años. Tristemente, la consulta del psiquiatra se basa en un rápido reconocimiento general, ajustes en la medicación y al siguiente paciente. Recuerda a los médicos de guerra en la trinchera.

Durante décadas hemos hecho inversiones millonarias para convencer a las personas de que se pongan el cinturón de seguridad y que no circulen por la carretera a 200km, porque, obviamente, podrían morir. Pero negamos de forma sistemática invertir en una buena atención médica a quién lo necesite. Es más, es una situación que se tiende a apartar del debate público por parte de nuestros gobernantes. Será por esa frase que dice: “Los locos no votan”. Pero también está la connivencia de muchos de nuestros medios de comunicación, que mantienen un manto de oscuridad sobre la problemática del suicidio porque, según ellos, podría causar una especie de efecto llamada. Yo no me preocuparía tanto de la influencia que se presuponen, porque con todo lo anteriormente dicho, lo que realmente sorprende es que no haya más suicidios. Quizá haciendo lo contrario, arrojando luz sobre la oscuridad, muchas personas enfermas tendrán la oportunidad de comprobar que no son las únicas que están sufriendo.

 

Con una noticia en el periódico, muchas personas enfermas podrán ver que alguien habla por ellas, explicándole al mundo que no son ratas malas, estúpidas, peligrosas, tóxicas o cualquier otra cosa que han escuchado a lo largo de toda su vida. Quizá no sea tan mala idea.

Si usted lo ha pasado mal durante este aislamiento, si se ha sentido triste, impotente o abatido, coja todos esos sentimientos y multiplíquelos por mil. Quizá roce levemente lo que están sufriendo esos miles de personas que viven encerradas en sus habitaciones. Soportando la tortura y el sufrimiento más inimaginable hasta que llegue el fatídico día. El acto del suicidio es el acto de la desesperación y el terror. No el de la libertad de poder elegir. En ese acto no hay ni libertad, ni voluntad. Todo lo contrario, eres presa cautiva de una oscuridad en la que solo estas tú, y que los demás la niegan. ¿Quién quiere vivir así?

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