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- La cara B de Indie Cinema -

Lo que saben y no saben los espectadores

Sebastián Arabia I 23/02/2021 I Análisis I 

Hoy nos vamos a salir un poco del tiesto con respecto a las temáticas y enfoques que solemos tratar en RealPolitik, para reflexionar sobre algo que siempre ha llamado mucho mi atención. Es muy habitual que, cuando una persona da su opinión sobre una película, inmediatamente después diga eso de, pero yo no sé nada de cine. Se equivoca. Y eso es apasionante. Aunque no haya oído hablar nunca de la estructura de tres actos, la conoce en su idea más básica: planteamiento, nudo y desenlace. Sabe muchísimo del lenguaje cinematográfico, aunque no sepa que lo sabe, porque que este lenguaje asumió en gran parte la narración clásica y porque lleva toda la vida escuchando relatos. Y, aunque de forma arriesgada, hay películas que han pasado a la historia a la hora de construir sus tramas jugando con el espectador, tomando en cuenta lo que el espectador sabe.

La más conocida y destacable es “Psicosis”, de Alfred Hitchcock, una película que parecía abocada al fracaso incluso antes de su estreno. Revolucionó las salas de cine de todo el país. Fue todo un acontecimiento. El que fuera denominado como el mejor director del mundo por un genio como François Truffaut, propone la historia de una mujer, interpretada por Janet Leigh, quien roba dinero de la empresa en donde trabaja y decide huir. Ya está hecho el planteamiento. ¿Se arrepentirá? ¿La cogerán o logrará escapar? ¿Por cuántas dificultades pasará en su huida? Esas son las preguntas que se hace el espectador, porque ha visto antes centenares de películas con historias muy similares. En su huida, la protagonista decide alojarse en un motel de carretera que se llama “Bates”, regenteado por un extraño e inquietante joven interpretado por Anthony Perkins. Cuando ella ya está en su habitación dándose una ducha, sucede la mítica escena en donde la sombra de una anciana apuñala hasta la muerte al personaje de Janet Leigh. En este momento sucede algo muy complejo para el espectador. En primer lugar, es lo inesperado del suceso. El primer golpe. A esto se le suma la violencia de la escena, si la contextualizamos en su época. Se cuenta que los espectadores gritaban con cada una de las puñaladas que Leigh recibía, acompañadas por las estridentes cuerdas del musico Bernard Hermann. Cines repletos de gritos y cuerpos retorciéndose en la butaca tapándose los ojos con las manos, pero sin poder dejar de mirar. ¡Que gozada! Pero lo más importante de esto, es que cuando nuestra protagonista muere, el espectador se queda totalmente desarmado. Nos hemos quedado sin protagonista. ¿Y ahora qué? ¿De qué va realmente esta película? ¿Qué está pasando? El maestro del suspense ha cogido todo aquello en lo que el espectador creía y sabía y lo ha apuñalado hasta la muerte, dejándole en estado de shock. De repente, la película pasa a ser un viaje por la turbia y oscura mente de un psicópata.

La segunda película que podríamos destacar al respecto es “Seven”, de David Fincher. Al espectador se le propone el tópico de dos policías a la caza de un asesino en serie. Aunque después de su éxito se producirían decenas de películas similares -hasta llegar a disparates como la saga “Saw”, en donde los guionistas parecen haber dado un cursillo de punto de giro- el espectador ya está muy nutrido del género. Es la historia de la busca y captura de un asesino cuya filosofía sangrienta se basa en los siete pecados capitales. Conseguirán atraparle o no. Seguramente, sí. Quizá, al final, descubramos que la identidad del asesino es alguien del reparto. Algo a lo Agatha Christie. Esas son las premisas con las que cuenta el espectador, pero, de repente, en el segundo acto, el asesino se entrega. Una vez más el guion coge todo lo que el espectador sabe sobre cine, para darle la vuelta y dejarle desarmado. Y, para mayor sorpresa, también le da una vuelta a la propia idea sobre la identidad del asesino.

 

No se trata de ningún personaje de ficción del reparto como podría ser el capitán, cualquier otro policía que se ha dejado ver por ahí en un par de escenas o el vendedor de perritos de la esquina, no. Resulta que el asesino es Kevin Spacey, un actor real al que no esperábamos porque, entre otras cosas, y de forma premeditada, no firma en el cartel ni en los créditos iniciales. Es curioso, pero durante unos segundos de película la identidad del asesino es la del actor que interpreta al asesino. Una vez más, todo un shock. Pero después de esto, se presenta la incertidumbre. Ni han atrapado al asesino, ni el asesino ha logrado huir. Simplemente, se ha entregado. ¿Y ahora qué?, se pregunta el espectador. A partir de aquí navegamos por tierras inexploradas. Y, una vez más, a través de la turbia y enfermiza mente de un hombre que, aunque loco, escupe unas cuantas verdades con el veneno de su saliva.

Ambas películas forman parte ya de nuestra cultura popular. Algo que, en muchas ocasiones, tiende a minusvalorarlas. Por eso o porque les colocamos esa etiqueta de mainstream. Sin ir más lejos, a Hitchcock nunca le tomaron en serio. Jamás recibió un Oscar de la academia, salvo el de reconocimiento a toda su trayectoria. Le tenían como un vende palomitas. Pero lo cierto es que ambas películas son tremendamente sofisticadas y profundas. Además de las cualidades anteriormente mencionadas, en ambos casos el contexto y el subtexto son igualmente importantes. En el caso de “Psicosis”, Hitchcock escoge como protagonista al psicópata. De esta manera tenemos la tentativa de empatizar con él, algo que nos supone un conflicto. ¿Yo podría ser así? El viaje por esa mente oscura y solitaria se convierte en algo complejo que escapa al control y la expectativa del espectador. De la misma forma, la composición del personaje interpretado por Anthony Perkins es el perfil tipo del asesino en serie, pero real. Hitchcock se basó en el personaje real de Ed Gein, un cruento asesino en serie que, entre otras cosas, se dedicaba a desenterrar cadáveres de mujeres que trasladaba al sótano de su casa en un intento de suplantar a la madre que había perdido tiempo atrás. Esta mujer era una perturbada y fanática religiosa que rompió cualquier contacto de su hijo Ed con la realidad, haciéndole pasar un auténtico infierno durante su niñez y adolescencia.

En el caso de “Seven” que, entre otras cosas, lograría un gran entusiasmo por sus novedosos títulos de crédito, no se limita a la historia de esos dos policías a la caza del asesino, sino que va más allá. La ciudad anónima en la que se desarrolla esta historia es un personaje más. Una ciudad en donde siempre llueve y se muestra oscura y desfigurada. Una sociedad caótica y sumida en la violencia, el individualismo y la profunda apatía. Es la degeneración de una civilización en donde sus ciudadanos se relacionan a través de la violencia, lo macabro y lo incomprensible. Una comunidad fundamentada en el miedo y el odio a todo y a todos. Por lo que no es casual que nuestro asesino perpetre sus crímenes a partir de los siete pecados capitales. Alguien elegido por un poder superior para limpiar la tierra de pecadores. Porque cuanto más crece el caos y el miedo, más crece el fanatismo religioso.

Algunos podrán caer en cierta confusión, recordando películas igualmente exitosas como puede ser “El sexto sentido”, cuyo giro final todos conocemos. No es lo mismo. Una cosa es quien coge las reglas y les da un giro inesperado o, incluso, las rompe - algo para lo que hay que tener un conocimiento muy profundo de las mismas – y otra bien distinta es quien juega al engaño y la confusión a través de la pirotecnia. Aunque excelentemente rodado, Shyamalan no hace más que eso, fuegos artificiales. Nos engaña. Dicho de una manera más dramática: nos traiciona. Aunque esta traición se perpetre con un talento excepcional.

El espectador sabe mucho de cine. Sin duda. Y como decíamos anteriormente, no sabe que lo sabe. Y eso es algo que debería ser muy estimulante para cualquier creador. Como decía Hitchcock, “siempre hay que ir un paso por delante de ellos”.

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